SSP en La Vanguardia

Los bastones de luz y polvo surcan las finas hendiduras de las persianas mientras uno se echa la siesta en una tarde de verano; es el momento de levantarse, perezosamente, e intentar, con más o menos éxito,manipulando la guía, que la abertura de la persiana se estreche y permanezca cerrada, como los ojos del soñador, para poder descansar en la quietud, en la fresca habitación en penumbras.

En Irlanda, el cielo plomizo, constantemente nublado y gris como el acero, pero curiosamente luminoso, se la apañaba para traspasar,incansablemente, la ventana de mi habitación, apenas vestida por una cortina. Allí nació Siesta sin persianas, el blog de una exiliada de la crisis económica española, o el de una expatriada, o el de una aventurera, según quién y como lo mire.

Soy una periodista española de 31 años, vivo en Madrid, me dedico profesionalmente a “otras labores” y Siesta sin persianas es mi espacio para expresarme sobre los temas que me interesan: la literatura, la política y los colectivos olvidados o discriminados, como las mujeres, los inmigrantes o las personas con enfermedad mental. Son escritos personales. Todas las fotografías del blog las he tomado yo, excepto en las que se explicita lo contrario.

Siesta Sin Persianas es un blog viajero y las entradas han sido concebidas en lugares tan dispares como Madrid y Extremadura, París en Francia, Sri Lanka, Nueva Delhi e Islas de Andamán en la India, Bangkok y Koh Tao en Tailandia, Galway, Belfast y Achill Iland en Irlanda.

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Mujeres de la India: sin voz ni váter

Reportaje originalmente publicado en Pikara Magazine.

En la India, 586 millones de personas defecan en el exterior de sus hogares, un 48 por ciento de la población. Este hábito, perpetuado por un lado por la escasez de váteres y, por otro, por un arraigado sistema de creencias, tiene un gran impacto en la vida de los indios, pero sobre todo, en la de las indias. El 70 por ciento de los asaltos sexuales en el Estado de Delhi se producen cuando las mujeres acuden la calle o el campo para utilizarlos como baño.

Beatriz Ocampo / Nueva Delhi (India)

Mujer India Pikara Beatriz Ocampo

Las mujeres que no tienen un sanitario en casa se ven obligadas a esperar hasta que oscurezca o bien salir por la mañana antes del amanecer para buscar un lugar donde responder a la llamada de su cuerpo con cierta privacidad, ya que las que lo hacen a la luz del día son frecuentemente molestadas por los hombres. En estas incursiones en la oscuridad se producen casos de acoso, asaltos y violaciones. Según el doctor Krishan Kumar Arggarwal, vicepresidente de la Asociación Médica de la India, la falta de un sanitario en el hogar tiene consecuencias graves en la salud de las mujeres.

El pasado mes de mayo dos niñas dalit fueron presuntamente violadas por un grupo de jóvenes y colgadas de un árbol. Habían salido de casa por la noche para hacer sus necesidades sin ser vistas

“Las mujeres no están a salvo si no pueden hacer sus necesidades en un espacio cerrado. Si tienen que ir al campo esperan hasta el anochecer para defecar y todos los médicos coincidimos en que es muy importante hacer nuestras necesidades en el momento adecuado y no retener las heces o la orina, porque esta práctica causa multitud de enfermedades”, explica. La situación empeora durante la menstruación, cuando “es muy importante que las mujeres cumplan con hábitos higiénicos”. Sin embargo, la falta de acceso a un baño con agua corriente y a elementos de higiene estériles como las compresas de usar y tirar las deja a merced de bacterias y virus.

Para Unicef India, la principal causa de la perpetuación de esta situación es la falta de empoderamiento de las mujeres en un país profundamente desigual en términos de riqueza, de casta, y, sobre todo, de género. “La mujer no tiene voz para exigir que se instale un baño en su casa”, explica Sue Coates, responsable de WASH (programa sobre saneamiento) de Unicef India. “Hablar de váteres, de defecación o de menstruación es un tabú y las mujeres no se atreven a contar sus problemas, ni siquiera a otras mujeres cercanas a ellas como sus madres o sus suegras”, con las que frecuentemente comparten techo tras contraer matrimonio. “En primer lugar, las mujeres indias deben sentirse seguras de sí mismas para expresar su opinión y, en segundo lugar, necesitan abordar este problema como colectivo, ya que así estarán en una posición más fuerte”, añade.

Primero los váteres después los templos

“Todo el mundo sabe que soy un líder hindú, por lo que mi imagen no me permitiría decir esto, pero es lo que pienso realmente: pehle shauchalaya, phir devalaya (primero los váteres, después los templos)”, afirmó el entonces candidato a primer ministro Narendra Modi en octubre de 2013 en un encuentro con jóvenes. El ahora mandatario, elegido en mayo por mayoría absoluta en el mayor sufragio universal del mundo, ha prometido que instalará una letrina por segundo, o lo que es lo mismo, 5,3 millones de sanitarios en 100 días, un plazo que está a punto de expirar. Las fuentes consultadas se muestran un tanto escépticas sobre la efectividad de esta medida, ya que consideran que el problema no es tanto de suministro como de sensibilización. Unicef India y el doctor Arggawal coinciden en que construir sanitarios es absolutamente necesario pero no pondrá fin a la defecación al aire libre.

“Escuchar al primer ministro hablar de váteres nos indica que la India está cambiando”, afirma Coates, “y su  compromiso por una India libre de defecación en campo abierto es extremadamente importante, no vamos a negarlo. Pero si sólo construimos la infraestructura corremos un peligro: nos vamos a encontrar con váteres no deseados, y que no se va a utilizar ni a mantener. El mantenimiento y la limpieza del váter son críticos y determinan su uso. Si no se mantiene, se ensucia, huele mal y la gente no quiere usarlo, lo hemos visto en escuelas”. Según la experta, es necesario promover un cambio de comportamiento, que requiere de un diálogo profundo con las comunidades, especialmente en las áreas rurales. “Hay que hablar con las madres y las amas de casa sobre los beneficios de tener un baño dentro de casa y de utilizarlo. Si se les hace entender que solucionará sus problemas de privacidad, de salud, de conveniencia, etc. dirán que sí, que lo quieren”, sostiene.

“Educación, educación y educación”, insiste el doctor Aggarwal, “y no se trata solo de conocimiento, sino de motivar a las personas para que cambien sus actitudes y comportamientos. Los gurús de los pueblos y los médicos de todo el país, tienen que formar parte de esta labor”.

Menos riesgo de violaciones 

El pasado mes de mayo dos niñas dalit (la casta más desfavorecida en la India, antes denominada intocable) fueron presuntamente violadas por un grupo de jóvenes y colgadas de un árbol a la vista del pueblo hasta su asfixia en Badaun, en Uttar Pradesh. La investigación del caso, que ha conmocionado a la comunidad internacional, determina que se suicidaron pero sus familias insisten en la violación y asesinato, como ha ocurrido en varios casos anteriores. Las chicas, dos primas menores de edad, habían salido de casa por la noche para hacer sus necesidades sin ser vistas.

La periodista local Namita Bhandare publicó el pasado 17 de junio un reportaje titulado ‘Los váteres no frenarán las violaciones, pero pueden reducir los riesgos’ en el que indicaba que si bien la causa de la violación es el hombre que viola, las largas caminatas de madrugada de las mujeres en busca de un lugar privado para hacer sus necesidades aumentan el riesgo de asalto sexual. “Cuando las mujeres se ven obligadas a buscar privacidad en lugares desolados por la noche o temprano por la mañana, antes de que la gente se levante, se vuelven más vulnerables al asalto sexual. Tener un inodoro en su casa no frenará las violaciones a menos que los hombres dejen de violar. Pero sí mitigará uno de los muchos riesgos a los que se enfrentan las mujeres. Como mínimo, la medida les aportará un poco de dignidad”, explicaba Bhandare. Las cifras oficiales así lo confirman: según una encuesta de las Naciones Unidas el 70 por ciento de los asaltos sexuales en el estado de Delhi se producen cuando las mujeres acuden la calle o el campo para utilizarlos como baño.

Sue Coates, de Unicef, se muestra rotunda: “No podemos simplificar un tema tan complejo y decir que los váteres son la solución a las violaciones, como se ha dado a entender; los inodoros no frenarán las violaciones porque su causa es otra: la desigualdad entre sexos y esta sólo se mitigará si se educa a los hombres para que respeten a las mujeres”.

“Los inodoros no frenarán las violaciones porque su causa es otra: la desigualdad entre sexos y esta sólo se mitigará si se educa a los hombres para que respeten a las mujeres”

Un problema nacional

La India es el país número uno en casos de enfermedades transmisibles. En el resto de las naciones del mundo, incluso en los países llamados en vías de desarrollo, estos males han sido erradicados. Se trata de virus y bacterias que se transmiten por la denominada ruta fecal-oral y cuya causa es la contaminación del agua destinada al consumo con desechos fecales. La erradicación de la práctica de la defecación al aire libre, un hábito que prevalece en las áreas rurales y también en los suburbios de las ciudades, evitaría en buena manera la contaminación del agua corriente.

“Las consecuencias de la defecación al aire libre son la contaminación del agua destinada al consumo humano y la propagación de enfermedades oral-fecales como la diarrea (que es una de las principales causas de mortalidad infantil en niños de cero a cinco años), las fiebres tifoideas y la hepatitis A (en niños) y E (en adultos)”, describe el doctor Aggarwal. Estas enfermedades no sólo elevan el nivel de mortalidad del país sino que aumentan el gasto del sistema sanitario público, ya de por si deficiente. Advertir a la población de los peligros que supone para su salud continuar con la práctica de la defecación al aire libre es un gran reto nacional, una tarea que, según el doctor, requiere de la colaboración de todos: “La financiación debe provenir de todos los agentes, del Gobierno, de las empresas privadas, de las oenegés y de los ricos, que deben pagar por los pobres”.

De acuerdo con los datos de la prensa local, una buena parte de los recursos públicos que deberían haberse dedicado a la educación en el uso de váteres y otras medidas de higiene básicas (un 13 por ciento de total de los recursos es dedicado a saneamiento, según lo presupuestado para los años 2014 y 2015) se han perdido por el camino. Los Gobiernos estatales deben justificar un correcto empleo de los recursos antes de recibir nuevos fondos; en otros casos documentados, sencillamente, el Gobierno central se quedó sin fondos antes de que se completasen los programas.

Creencias que matan

De acuerdo con la religión hindú, a la que está adscrita aproximadamente un 80 por ciento de la población india, los residuos deben depositarse lejos del hogar, y esta creencia, arraigada en la población más pobre y rural, incluye a los que genera el propio cuerpo humano. Sólo las personas de la casta dalit pueden tener contacto con las heces humanas y por eso ellas son las encargados de limpiar los campos de los desechos, que trasladan en cubos sobre sus cabezas.

Los habitantes de la India rural y los que tienen un menor nivel educativo son los más reticentes a instalar y utilizar un váter, aunque lo subvencione el Gobierno. “No considero que se trate de una cuestión religiosa sino de mera falta de información”, puntualiza Sue Coates.

El Producto Interior Bruto de la India aumenta a una tasa interanual por encima del 4 por ciento, un ratio que sería la envidia de cualquier país occidental. En términos macroeconómicos, la India es uno de los países más prósperos de los denominados BRICS (acrónimo que incluye Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, las nuevas potencias económicas). Sin embargo, su rápido ascenso económico no ha revertido en el bienestar de una parte de su población. Más allá de las cifras, topamos con la realidad cotidiana: la pobreza y la desigualdad.  El 48 por ciento de la población no tiene váter.

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“Not being assaulted is not a privilege to be earned through the judicious application of personal safety strategies”, Emily Nagoski

Texto y fotografías: Beatriz Ocampo.

Interpretación: Atul Vohra. 

Katra Shahadatganj.  Sobre las amplias llanuras, a un lado y otro del empedrado camino de tierra se extienden ricos cultivos de maíz, soja y arrozales, ahora empapados por las lluvias monzónicas. En las humildes casas de los agricultores, los que vuelven tras una larga jornada bajo el sol reposan en los patios sobre camastros de mimbre. Hace al menos 100 kilómetros que no nos topamos con un vehículo a motor y cuando bajamos la ventanilla percibimos una cualidad muy escasa en la India: el silencio, apenas interrumpido por el quieto ajetreo de los habitantes del encantador pueblo. Solo un puñado de tiendas tiene luz y no hay agua corriente. Los vecinos beben y se asean con las aguas subterráneas que extraen laboriosamente con un surtidor manual. La pequeña Katra Shahadatganj (en el estado de Uttar Pradesh, en la India), de acuerdo con la descripción de sus vecinos, es un pueblo en el que nunca ocurre nada.

O mejor dicho, casi nunca. El 27 de mayo, a eso de las 8, Katra Shahadatganj nocheaba y dos primas dalit (la casta menos favorecida de la India, antes denominada intocable), Murti y Pushpa, de 12 y 14 años, notaron en sus tripas una punzada: la eufemísticamente bautizada llamada de la naturaleza. No tenían váter en su casa, así que salieron para responderla a un campo situado a apenas 500 metros de sus casas. Nunca volvieron, a la mañana siguiente un familiar, tras una angustiosa noche de búsqueda, las encontró colgadas de un majestuoso mango en el centro de la villa, como si alguien hubiera querido exhibirlas cual trofeo de caza, a la vista de todos, los huesos de las gargantas quebrantados y las ropas cubiertas de sangre.

La tragedia ha sucedido en el pueblo donde nunca ocurre nada y, a pesar de la frecuencia de sucesos similares, la brutalidad de la violación y asesinato de las dos niñas ha conmocionado a una nación cada vez más sensibilizada sobre los crímenes contra las mujeres y a buena parte de occidente. La BBC y otros medios nacionales y extranjeros continúan visitando el escenario del suceso  “cada dos o tres días”, según explica un vecino, sentado en un murete frente al camino sobre el que Murti y Pushpa dieron sus últimos pasos.

En la pequeña villa, tres meses después, la vida sigue su curso. En la calle principal, los habitantes acuden a las tiendas o transportan pacas de hierba y víveres en carretas tiradas por caballos. A pocos metros, una mujer camina por el sendero con un cubo lleno de masas circulares y planas, como galletas de chocolate gigantes; se trata de las heces del ganado secas y moldeadas, un recurso indispensable para los lugareños que, a falta de carbón o gas, las utilizan como combustible para cocinar o calentarse.

Pero no todo es igual que hace tres meses, nos lleva varios minutos darnos cuenta. En cada esquina ha brotado una edificación singular, de apenas dos metros cuadrados, pintada de un brillante azul celeste: es un váter. El Gobierno ha instalado 108 en los patios de los hogares de Katra Shahadatganj. Los vecinos confirman que los han construido después del incidente y que no han pagado nada.

Para la familia de Murti y Pushpa, la medida llega tarde. Tampoco esperan justicia, dicen, que porque son pobres. Hace dos semanas, los presuntos violadores y asesinos, entre ellos el asesino confeso (según la versión de la familia) y dos policías del municipio, quedaron en libertad bajo fianza. De acuerdo con Kahchan Prasad, portavoz de la Oficina Central de Investigación de Nueva Delhi (CBI en sus siglas en inglés) encargada de la investigación del caso, no existen pruebas suficientes para mantener a los acusados en prisión. En una conversación telefónica la portavoz aseguró que “el caso no está cerrado”. “El primer estudio forense (un test de ADN sobre las ropas) sugiere que no hay indicios de ataque sexual. Estamos esperando la opinión de la junta médica”, aseveró.

El CBI no ha admitido como prueba el primer estudio forense realizado por médicos locales a la mañana siguiente del crimen, al que ha tenido acceso esta periodista, que revela que los cuerpos de las chicas tenían lesiones “graves” en el interior de sus vaginas, en concreto coágulos y desgarros producidos por un “ataque sexual”. El informe detalla que los agresores las golpearon en los brazos, la espalda, las piernas y que, después de violarlas “brutalmente”, las arrastraron por el suelo y las colgaron, aún vivas, del árbol. La causa de la muerte, según el estudio, fue la “asfixia por ahorcamiento”.

Sobre la posibilidad de un segundo examen forense, la portavoz del CBI afirmó que “no se pueden exhumar los cadáveres ya que están bajo el agua”. Las niñas fueron enterradas a la orilla del río y debido a las lluvias, su caudal creció tanto que inundó toda la zona; sin embargo, ahora está seca. La portavoz se negó a ofrecer más información sobre el caso, acogiéndose al secreto de sumario.

La familia denuncia que el Gobierno de Uttar Pradesh (dirigido por Akhilesh Yadav) y la policía de Badaun han limpiado todas  las pruebas del delito debido a su complicidad con la familia Yadav y que por eso el CBI de Nueva Delhi no podrá hacer su trabajo. “Si el CBI está confundido es porque está basando sus investigaciones en el  informe de la policía local. El estudio post mortem confirmó que hubo violación. Ahora el CBI dice que no hay evidencias pero cuando la policía detuvo a Pappu Yadav, este confesó el crimen y contó donde había matado a las niñas. Ahora el CBI dice que es inocente. ¿Como puede decir que es inocente?”, se pregunta Virender Maurya, hermano de Murti y primo de Pushpa.

La noche de los hechos, después de notar su ausencia, los padres de las dos niñas y varios familiares más, acudieron a la pequeña oficina (chowki en hindi) de la policía local de Katra Shahadatganj para denunciar la desaparición. Según la versión del padre de Murti, Sohan lal, los policías Sarvesh Yadav y Chatrapal Gangwar les preguntaron por su casta, se rieron de ellos y se negaron a registrar la denuncia; después, se echaron a dormir. Los familiares de Murti y Pushpa y otros habitantes del pueblo decidieron entonces dividirse, unos se quedaron en la aldea buscando a las niñas mientras que otros alquilaron un vehículo y se dirigieron a la comisaría de Badaun, la capital del municipio; cuando estaban a medio camino, recibieron la llamada fatal: las niñas habían aparecido colgadas de un árbol.

El jefe del mismo chowki de Katra Shahadatganj al que acudió la familia, Bijender Sharma, nos atiende sentado en una silla de plástico, vestido de paisano, junto a una cuerda de la que penden varios uniformes. Se ha incorporado después del suceso y nos cuenta que de los 5 policías que trabajaban en este chowki dos han sido detenidos y el resto suspendidos o trasladados a otras localidades. Confirma que Ganga Singh Yadav era el jefe de la comisaría de policía de Badaun la noche en la que sucedieron los hechos, y que también ha sido suspendido.

La familia de las víctimas cuenta ahora con escolta policial 24 horas al día, ya que, presuntamente, han recibido amenazas por parte de los Yadav. “Sí que tenemos miedo, pero qué vamos a hacer. Ya han matado a nuestras hijas, que nos maten a nosotros también. Rezo a dios para que se haga justicia. Si están destruyendo todas las pruebas, ¿para qué voy a seguir viviendo? ¿no tengo derecho a la justicia en este país?, argumenta entre sollozos lal.  Nos enseña una fotografía de su hija y su sobrina en la que aparecen colgadas del árbol, la lleva siempre consigo. “Ojalá tuviera dinero”, se lamenta.

En lo alto de una terraza, visible desde la casa de las víctimas, dos pequeños de apenas 5 años juegan, intentando hacer volar unas coloridas cometas. Varios periodistas que trabajan en el país creen que este caso, como muchos otros, se cerrará tan pronto como cese el ruido mediático.

Mujer y Dalit, doble discriminación

Las mujeres dalit cuentan con pocos recursos económicos, lo que las hace más vulnerables a los abusos verbales, físicos y sexuales. Suelen casarlas cuando apenas son unas adolescentes mediante matrimonios concertados, con esposos a los que no conocen. La alta tasa de analfabetismo de este colectivo contribuye a que su voz resulte inaudible para el resto de la sociedad y que sean contadas las veces en las que denuncian un delito cometido contra ellas. Ser violada es una humillación y supone la deshonra de toda la familia, que ya no podrá casarla. Ser violada por su marido no está penado según por la ley india a menos que esté “judicialmente separada”. La Oficina Nacional de Registro de Crímenes de la India contabilizó 33.707 denuncias de violación en 2013. Varias asociaciones estiman que entre el 50 y el 90% de las violaciones no se denuncian y que en estas cifras negras se encuentran la mayoría de los asaltos sexuales a mujeres y niñas Dalit en villas remotas

El significado de la palabra dalit revela la consideración de esta comunidad dentro de la sociedad india. Etimológicamente, proviene de la raíz sánscrita dal- que significa “roto, por debajo del suelo, pisoteado, u oprimido.” La palabra dalit se utiliza para los miembros de las familias que han nacido con el estigma de los antes conocido como intocables, llamados así por la supuesta impureza de sus ocupaciones tradicionales, como el trabajo doméstico y la limpieza de las letrinas. Según los datos de la Campaña Nacional sobre los Derechos Humanos de los Dalits (NCDHR), estos representan una comunidad de 170 millones en la India y constituyen el 17% de su población; es decir, uno de cada seis indios es dalit. Los dalits están fuera del sistema de castas tradicional de la India que divide sus habitantes en Brahman, Kshatriya, Vaishya y Shudra.

A pesar de que la división por castas fue abolida por la Constitución de la India aprobada en 1949, sigue prevaleciendo como estructura social y los dalit se enfrentan frecuentemente a abusos, a prácticas discriminatorias y a la violencia, ante la pasividad de las fuerzas del estado encomendadas a protegerles.

El sistema legal de la India está diseñado para asegurar que los dalit gocen de los mismos derechos y protecciones que el resto de los ciudadanos. Sin embargo, en la práctica, la ley se aplica de forma diferenciada; según NCDHR la policía, frecuentemente, se niega a registrar denuncias de los dalit  (según una encuesta realizada en 565 aldeas de 11 estados de la India, al 27% de Dalits se les ha impedido el acceso a la atención policial) y rara vez se enjuicia a los responsables de asesinatos y violaciones contra las niñas y mujeres de estas familias.

“Calor, amor, la historia tras la puerta”, Jorge Guillén.

Sri Lanka

Los pensamientos se emborronan como las letras caligrafiadas sobre un papel que empapa una fina lluvia. La fina lluvia se convierte en una tormenta de verano y nos resguardamos bajo la techumbre de una rudimentaria estación de tren en una isla remota, donde los lugareños hablan extrañas lenguas aborígenes y pescan con trozos de pan ensartados en la pita. Discurre el tiempo sobre unos asientos hechos con maderas sobre la mar. Sin embargo, se trata de un escenario, de un falso montaje, de una secuencia estudiada de antemano.

Todos participamos en este teatro y para algunos, lo complicado es escoger su rol, un avatar cuyo cuerpo alimentará y cuyas metas perseguirá, a veces remando en el sentido contrario a sus deseos sin saberlo, porque así de caprichoso es el viento, o el sino, como uno prefiera llamarlo. Por qué negarlo: sobre el sentido de vivir, somos muy socráticos. A menudo no nos percatamos de que el futuro no existe, de que no es una realidad material sino un producto de nuestra mente: un pensamiento entre tantos otros. Los planes, las ambiciones, los caminos que creemos que nos llevarán de un lugar a otro. Todo está en nuestra mente; la realidad, lo que sucederá de verdad, escapa a nuestro control. Unas expectativas pesimistas y llenas de inseguridades nos guiarán al camino de la depresión y la angustia. Por otro lado, unas expectativas muy altas nos harán sentirnos frustrados si no las alcanzamos. Si las logramos será aún peor, la satisfacción será tan efímera como lo es la vida: el presente, y pronto nos embarcaremos en una nueva aventura, intentando alcanzar una cima invisible, pero más alta que la anterior, con el aliento congelado, los dedos amputados y los pulmones asfixiados; quizá habremos dejado por el camino a un amigo que ha sucumbido a la montaña. Otros deseos más inmediatos, y sobre todo, el presente, que ya no lo será más, habrán desaparecido en el agujero de las cosas perdidas, serán vacuos recuerdos.

Una pareja tumbada sobre la cama de un hotel, las sábanas blancas e impolutas. Se observan, los húmedos ojos azules sobre la intensa mirada de dos agujeros negros, las pupilas tan dilatadas que no dejan ver el iris castaño, los labios entreabiertos y húmedos, ahora cerrados en una mueca infantil, ahora sonrientes.

Es el presente. Ella desea besarle y él ansía que le bese. Los amantes no piensan en los nombres, en los significados y en los significantes. Ella juega el papel de la musa púber de Nabokov, retozando sobre el colchón. Hacen el amor en el presente, y es tan intenso y tan real como la tormenta que resuena tras las ventanas, como los rayos que precedieron a la tormenta, como los truenos que sucedieron a los rayos y que precedieron a la tormenta.

 

 

Poema sin atino

Andaman

Cuando miro a la mar veo tus ojos y a mi misma enjaulada en tu pupila azul. “Qué es poesía, ¿me preguntas?” Aunque tú eres un poema de Julio Cortázar, desconocido, complejo, sincero, dual, bello y áspero. Deseo acariciarte como las olas acarician los guijarros, violentamente, y los erosionan en cantos redondos y suaves. El tiempo inexorable ha destruido todo a nuestro alrededor, y estamos solos, en un colchón, desnudos. La mente blanca descansa sobre las sábanas blancas. Y creo que te quiero, “cómo no haber amado sus grandes ojos fijos”. Pero una ola gigante se aproxima, quedan pocos segundos y tengo que decidir: entre tu vida y mi muerte. Corro y ya estoy a salvo. Ya no hay tsunami, ni culpabilidad por los caídos, ni sentimientos. Soy el guijarro que la mar mece de un lado a otro.

 

Escrito en Havelok, el 19 de mayo de 2014.

Mahatma Gandhi: “la pobreza es la peor forma de violencia”


Un hombre yace en el paso subterráneo, casi inerte, con los ojos sellados y las sienes palpitantes; a su lado, como en la piedad de Miguel Ángel, una mujer, anciana, quizá su madre, le acoge sobre sus senos y escupe a los caminantes, absortos, ininteligibles plegarias.

Pocos metros más allá un joven reposa, sentado sobre una de sus piernas, contra un muro, en la otra pierna tiene un muñón. Nadie quiere mirar su herida desollada y sanguinolenta, que  ha atraído a una turba de moscas que zumban alrededor.

Mahatma Gandhi, en la frase del título, no se refiere al voto de pobreza, a la humildad (Gandhi decidió ser feliz, y vivir en la austeridad despojado de cualquier bien material no imprescindible, un camastro sobre una tabla gruesa de madera y una tejedora con la que elaboraba sus propias ropas); se refiere a la miseria brutal de la India, la endémica enfermedad de su resignado pueblo, una visión tormentosa que le impedía despegarse de las ventanas durante sus viajes en tren por el subcontinente, que realizó tras el éxito de sus iniciativas de resistencia civil en Sudáfrica.

Los indios llaman a Gandhi “padre” porque consideran que fue el artífice de su independencia de los británicos, sin embargo, esa India libre no fue la que él hubiera deseado: una sola india donde hindúes y musulmanes convivieran como hermanos. Al fin y al cabo, él consideraba que todos rezaban al mismo dios.

Las huelgas de hambre de Gandhi no fueron contra el ejercito británico sino para conseguir el cese de las luchas violentas de los propios indios contra ejército alienígena (como él mismo lo nominó) o en repudia de las masacres entre hindúes y musulmanes que se produjeron antes y después de la escisión de Pakistán.

Los europeos, que han conseguido su libertad tras revoluciones sangrientas y guerras civiles que aún hoy perduran en las memorias de los supervivientes, y de su descendencia, se asombran al leer sobre la revolución de Gandhi: la propia vida como mensaje, un mensaje contra las guerras. “Esta es una causa por la que daría mi vida, pero no por la que quitaría ni una sola vida” respondió preguntado por la independencia.

La peste de un basurero anejo abruma al olfato, huele también a té caliente con leche fresca y a fragantes canutos de canela, a maduros plátanos y pequeñas fresas con motas de tierra, a aromáticas flores y a espesos dulces, a humeante incienso y a chapati recién horneado.

En Hanuman Temple varias personas emprenden diferentes rituales, se colocan pinturas en el entrecejo, tejen pulseras y leen versos de los libros sagrados del hinduismo. Aquellos jóvenes de Connaugh Place fuman LSD en plata sobre futones de harapos en una galería localizada frente a un flamante Starbucks. Un niño (el cabello rasurado revela calvas prematuras y picotazos de chinches) aprende a dar sus primeros pasos sobre las baldosas embarradas y húmedas de chai y de las aguas residuales que emanan por aquí y por allá.

Más sobre Gandhi:

Gandhi, my experiments with truth. Autobiografía.

Gandhi. Espléndida película ganadora de varios Óscar.

 

“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” Pablo Neruda

Perros en ConnaughLa historias de amantes son irrecuperables, como una prenda blanca machada de vino tinto. El cerco que señala su presencia despierta el recuerdo de lo perdido, de lo irrepetible: el pasado.

(Recuerdos de charlas hasta el alba, güisqui y sábanas alborotadas de deseo).

Aunque intentamos remar hacia adelante, como en la parábola final del Gran Gatsby (Scott Fitzgerald), la corriente nos aleja cada vez más de nuestro objetivo: el pasado se ha escapado sin que nos demos cuenta y ahora es como la visión de la estela del mar: breve, intensa, inaprensible.

Apenas un pestañeo y estamos en otro lugar y en otro tiempo, y ya no somos los mismos. Como extraños pero conocidos, animales domésticos abandonados a su suerte en las anacrónicas calles de Nueva Delhi, durmiendo sobre enormes sacos de telas y buscando una mano amiga que nos de alimentos.

Los niños chapotean en los charcos de barro con sus harapos y se arrojan a los pies de los escasos transeúntes blancos que reaccionan asustados, abofeteados por la visión de una miseria que en Europa se esconde en los suburbios. La pobreza inunda las calles como un río desbordado. Su incontinencia alcanza cada callejón y el flujo espeso y pestilente lo contamina todo.

Millones de personas van de un lado a otro por las calles de la superpoblada metrópoli, ¿a donde se dirigirán? se preguntaría Kapuscinsky. Uno puede intentar adivinar: que aquellos mejor vestidos se dirigen apresurados a los edificios del gobierno de Connaught Place, o tal vez a la sede de alguna empresa de Gourgaon; el resto, la mayoría, vagan de un lado a otro, la tez morena y ajada abrazada por una bufanda, comerciando con frutas, ropas, utensilios de limpieza o artesanía que transportan en carros de madera apostados sobre delgadas bicicletas.

Entre el ruido de las bocinas de los vehículos el pensamiento discurre de manera dificultosa, como el tráfico, lento y desordenado; “nosotros, los de entonces ya no somos los mismos”. La estadística y la filosofía no lo permitirían; estamos en otro momento, en otro lugar, en otro continente: en otro río.