Las gafas occidentales

Antes de viajar a Koh Tao pasé unos días en Bangkok, una metrópolis donde el ruido del tráfico apenas permite oír los pensamientos. Una mañana me acerqué a los muelles, de donde parten los barcos gratuitos que fletan los centros comerciales de la ciudad. Allí fui testigo de la siguiente escena: un perro comienza a ladrar a un viejo, el cual le amenaza blandiendo su bastón; su agilidad, mermada por la edad, salva al can de una buena paliza. Uno de mis acompañantes, el corresponsal de una agencia de noticias, que reside en la capital desde hace tres años, relató que muchos tailandeses odian a los perros, ya que, como los hinduistas, consideran que son animales impuros: la reencarnación de los ladrones. En las calles de Bangkok hay muchos perros y transmiten enfermedades, especialmente la rabia. La rabia se contagia también al comer la carne poco hecha de un animal infectado y así ocurre, en ocasiones, en los restaurantes de Corea y en China, a donde se exportan algunos especímenes tailandeses. Para que la carne esté más blanda, se apalea al perro hasta la muerte. Después se sirve por unos 50 euros cada plato.

Esa noche paseamos por el mercado negro de Patpon, donde tiene lugar un popular y aberrante espectáculo erótico: el pimpón vaginal. En las callejuelas del bazar, donde se mercadean imitaciones de camisetas, bolsos y todo tipo de objetos, nos avasallan con dípticos publicitando el show, el precio de la entrada es de 4 euros e incluye una cerveza. La prostitución sigue siendo uno de los principales atractivos turísticos del país, a pesar de que es ilegal. El periodista que me acompaña me cuenta que hay varios españoles en las cárceles tailandesas acusados de acostarse con menores de edad; al contrario que la prostitución, tolerada, la pederastia está castigada con severidad por el código penal y el rey no concede indultos a los acusados por este delito.

Unos días después, en Koh Tao, mientras observaba al obrero, la espalda encorvada sobre el camino, y a las baldosas que perseveraban en su huida, reflexionaba sobre la suerte y el infortunio, la felicidad y la miseria, el yugo y la libertad. Pero qué inútiles resultan las conclusiones si uno lleva puestas las gafas occidentales.

 

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