Candela

Recuerdo como se situaba detrás del instrumento, en un pequeño taburete redondo de apariencia incómoda, invisible para el improvisado espectador, con las piernas abiertas.

Entonces abrazaba al violonchelo con todo su cuerpo y comenzaba una danza sensual. Ella con el pelo moreno recogido en una coleta y los ojos, oscuros, ligeramente rasgados., clavados ahora en la partitura ahora en la posición de las manos; en una sostenía el arco que ejecutaba complejos vaivenes, la otra quedaba libre para acariciar o pulsar las cuerdas de crin.

Un día me contó como desde los 4 años había tenido varios violonchelos, adaptados a su estatura, ahora a los quince sostenía entre sus piernas esbeltas trece kilogramos de madera de arce.

Me gusta el sonido del chelo porque es imperfecto. Mi amigo Celso opina que me agrada porque es melancólico y profundo, “como una princesa triste”, y porque yo también lo soy.

Anteayer escuché por primera vez al violonchelista Yo Yo Ma. Esa misma noche estaba leyendo un relato de Antonio Muñoz Molina que se llama Berhof, en él un médico está atendiendo a un paciente y ambos oyen de fondo una grabación de un concierto de Pau Casals en 1938. Según narra Muñoz Molina,  Casals “exhumó” las partituras de las Suites para violonchelo de Bach en el puerto de Barcelona, las mismas que hoy interpreta Yo Yo Ma. El médico acaba de darse cuenta de que el paciente tiene sida y realiza una larga digresión que le lleva a otros lugares y a otros acontecimientos…

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