Salirse de la norma cuesta la vida. Los narradores no encuentran otro desenlace a la marginación que la muerte física, muchas veces en la forma violenta y trágica del suicidio.

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La muerte social de un individuo que se aleja de las convenciones sociales, ya sea por su aspecto, por sus decisiones, por su sexualidad, etc. es un tema recurrente en la literatura de todos los tiempos. En La metamorfosis de Franz Kafka, Gregor Samsa se despierta una mañana convertido en una gigantesca cucaracha. Samsa, a pesar de conservar su esencia, su alma, intacta, es a partir de entonces vapuleado por sus conocidos. Muere poco tiempo después, solo y desnutrido. Se cuenta que el propio Kafka fue una persona desgraciada, atormentada por el rechazo de su padre. La angustia vital que transfiere a su personaje la encontramos en Ana Ozores, la protagonista de La regenta de Clarín, condenada a un matrimonio asexual con un anciano.

Salirse de la norma cuesta la vida. Los narradores no encuentran otro desenlace a la marginación que la muerte física, muchas veces en la forma violenta y trágica del suicidio.

El suicidio no se contempla en la utopía Un mundo feliz, de Aldous Huxey, que nos ofrece la felicidad universal. Pero tiene un precio. En Un mundo feliz la sociedad está por encima del individuo; en realidad, ya ni siquiera existe el individuo como tal puesto que el ser humano ha sido sino clonado decenas de veces (El hombre duplicado, de José Saramago, nos introduce en la pérdida de identidad que supone este proceso). Los cerebros se condicionan desde la infancia mediante sesiones hipnóticas. La imagen espanta, pero, ¿estamos tan lejos de la utopía imaginada por Huxley? No es difícil encontrar similitudes entre las sesiones hipnóticas y el consumo de televisión, o entre el soma y el Prozac.

En una de las escenas finales, el autor pone en boca de Mustafá Mond, defensor de la utopía, la siguiente frase “Dios no es compatible con el maquinismo, la medicina científica y la felicidad universal”. Mond opina que cualquier producto de la inteligencia, como el arte, es susceptible de hacer desgraciados a los ciudadanos.

No es extraño que las dictaduras siempre la tomen con los libros, unos objetos tan peligrosos que deben arder en piras por el bien de la comunidad.

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Un pensamiento en “Salirse de la norma cuesta la vida. Los narradores no encuentran otro desenlace a la marginación que la muerte física, muchas veces en la forma violenta y trágica del suicidio.

  1. Las dictaduras creen que la lectura es una de las actividades más peligrosas del ser humano. Queman los libros porque no pueden quemar a los autores. Ha ocurrido siempre y siempre ocurrirá.

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