“Calor, amor, la historia tras la puerta”, Jorge Guillén.

Sri Lanka

Los pensamientos se emborronan como las letras caligrafiadas sobre un papel que empapa una fina lluvia. La fina lluvia se convierte en una tormenta de verano y nos resguardamos bajo la techumbre de una rudimentaria estación de tren en una isla remota, donde los lugareños hablan extrañas lenguas aborígenes y pescan con trozos de pan ensartados en la pita. Discurre el tiempo sobre unos asientos hechos con maderas sobre la mar. Sin embargo, se trata de un escenario, de un falso montaje, de una secuencia estudiada de antemano.

Todos participamos en este teatro y para algunos, lo complicado es escoger su rol, un avatar cuyo cuerpo alimentará y cuyas metas perseguirá, a veces remando en el sentido contrario a sus deseos sin saberlo, porque así de caprichoso es el viento, o el sino, como uno prefiera llamarlo. Por qué negarlo: sobre el sentido de vivir, somos muy socráticos. A menudo no nos percatamos de que el futuro no existe, de que no es una realidad material sino un producto de nuestra mente: un pensamiento entre tantos otros. Los planes, las ambiciones, los caminos que creemos que nos llevarán de un lugar a otro. Todo está en nuestra mente; la realidad, lo que sucederá de verdad, escapa a nuestro control. Unas expectativas pesimistas y llenas de inseguridades nos guiarán al camino de la depresión y la angustia. Por otro lado, unas expectativas muy altas nos harán sentirnos frustrados si no las alcanzamos. Si las logramos será aún peor, la satisfacción será tan efímera como lo es la vida: el presente, y pronto nos embarcaremos en una nueva aventura, intentando alcanzar una cima invisible, pero más alta que la anterior, con el aliento congelado, los dedos amputados y los pulmones asfixiados; quizá habremos dejado por el camino a un amigo que ha sucumbido a la montaña. Otros deseos más inmediatos, y sobre todo, el presente, que ya no lo será más, habrán desaparecido en el agujero de las cosas perdidas, serán vacuos recuerdos.

Una pareja tumbada sobre la cama de un hotel, las sábanas blancas e impolutas. Se observan, los húmedos ojos azules sobre la intensa mirada de dos agujeros negros, las pupilas tan dilatadas que no dejan ver el iris castaño, los labios entreabiertos y húmedos, ahora cerrados en una mueca infantil, ahora sonrientes.

Es el presente. Ella desea besarle y él ansía que le bese. Los amantes no piensan en los nombres, en los significados y en los significantes. Ella juega el papel de la musa púber de Nabokov, retozando sobre el colchón. Hacen el amor en el presente, y es tan intenso y tan real como la tormenta que resuena tras las ventanas, como los rayos que precedieron a la tormenta, como los truenos que sucedieron a los rayos y que precedieron a la tormenta.

 

 

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