“Not being assaulted is not a privilege to be earned through the judicious application of personal safety strategies”, Emily Nagoski

Texto y fotografías: Beatriz Ocampo.

Interpretación: Atul Vohra. 

Katra Shahadatganj.  Sobre las amplias llanuras, a un lado y otro del empedrado camino de tierra se extienden ricos cultivos de maíz, soja y arrozales, ahora empapados por las lluvias monzónicas. En las humildes casas de los agricultores, los que vuelven tras una larga jornada bajo el sol reposan en los patios sobre camastros de mimbre. Hace al menos 100 kilómetros que no nos topamos con un vehículo a motor y cuando bajamos la ventanilla percibimos una cualidad muy escasa en la India: el silencio, apenas interrumpido por el quieto ajetreo de los habitantes del encantador pueblo. Solo un puñado de tiendas tiene luz y no hay agua corriente. Los vecinos beben y se asean con las aguas subterráneas que extraen laboriosamente con un surtidor manual. La pequeña Katra Shahadatganj (en el estado de Uttar Pradesh, en la India), de acuerdo con la descripción de sus vecinos, es un pueblo en el que nunca ocurre nada.

O mejor dicho, casi nunca. El 27 de mayo, a eso de las 8, Katra Shahadatganj nocheaba y dos primas dalit (la casta menos favorecida de la India, antes denominada intocable), Murti y Pushpa, de 12 y 14 años, notaron en sus tripas una punzada: la eufemísticamente bautizada llamada de la naturaleza. No tenían váter en su casa, así que salieron para responderla a un campo situado a apenas 500 metros de sus casas. Nunca volvieron, a la mañana siguiente un familiar, tras una angustiosa noche de búsqueda, las encontró colgadas de un majestuoso mango en el centro de la villa, como si alguien hubiera querido exhibirlas cual trofeo de caza, a la vista de todos, los huesos de las gargantas quebrantados y las ropas cubiertas de sangre.

La tragedia ha sucedido en el pueblo donde nunca ocurre nada y, a pesar de la frecuencia de sucesos similares, la brutalidad de la violación y asesinato de las dos niñas ha conmocionado a una nación cada vez más sensibilizada sobre los crímenes contra las mujeres y a buena parte de occidente. La BBC y otros medios nacionales y extranjeros continúan visitando el escenario del suceso  “cada dos o tres días”, según explica un vecino, sentado en un murete frente al camino sobre el que Murti y Pushpa dieron sus últimos pasos.

En la pequeña villa, tres meses después, la vida sigue su curso. En la calle principal, los habitantes acuden a las tiendas o transportan pacas de hierba y víveres en carretas tiradas por caballos. A pocos metros, una mujer camina por el sendero con un cubo lleno de masas circulares y planas, como galletas de chocolate gigantes; se trata de las heces del ganado secas y moldeadas, un recurso indispensable para los lugareños que, a falta de carbón o gas, las utilizan como combustible para cocinar o calentarse.

Pero no todo es igual que hace tres meses, nos lleva varios minutos darnos cuenta. En cada esquina ha brotado una edificación singular, de apenas dos metros cuadrados, pintada de un brillante azul celeste: es un váter. El Gobierno ha instalado 108 en los patios de los hogares de Katra Shahadatganj. Los vecinos confirman que los han construido después del incidente y que no han pagado nada.

Para la familia de Murti y Pushpa, la medida llega tarde. Tampoco esperan justicia, dicen, que porque son pobres. Hace dos semanas, los presuntos violadores y asesinos, entre ellos el asesino confeso (según la versión de la familia) y dos policías del municipio, quedaron en libertad bajo fianza. De acuerdo con Kahchan Prasad, portavoz de la Oficina Central de Investigación de Nueva Delhi (CBI en sus siglas en inglés) encargada de la investigación del caso, no existen pruebas suficientes para mantener a los acusados en prisión. En una conversación telefónica la portavoz aseguró que “el caso no está cerrado”. “El primer estudio forense (un test de ADN sobre las ropas) sugiere que no hay indicios de ataque sexual. Estamos esperando la opinión de la junta médica”, aseveró.

El CBI no ha admitido como prueba el primer estudio forense realizado por médicos locales a la mañana siguiente del crimen, al que ha tenido acceso esta periodista, que revela que los cuerpos de las chicas tenían lesiones “graves” en el interior de sus vaginas, en concreto coágulos y desgarros producidos por un “ataque sexual”. El informe detalla que los agresores las golpearon en los brazos, la espalda, las piernas y que, después de violarlas “brutalmente”, las arrastraron por el suelo y las colgaron, aún vivas, del árbol. La causa de la muerte, según el estudio, fue la “asfixia por ahorcamiento”.

Sobre la posibilidad de un segundo examen forense, la portavoz del CBI afirmó que “no se pueden exhumar los cadáveres ya que están bajo el agua”. Las niñas fueron enterradas a la orilla del río y debido a las lluvias, su caudal creció tanto que inundó toda la zona; sin embargo, ahora está seca. La portavoz se negó a ofrecer más información sobre el caso, acogiéndose al secreto de sumario.

La familia denuncia que el Gobierno de Uttar Pradesh (dirigido por Akhilesh Yadav) y la policía de Badaun han limpiado todas  las pruebas del delito debido a su complicidad con la familia Yadav y que por eso el CBI de Nueva Delhi no podrá hacer su trabajo. “Si el CBI está confundido es porque está basando sus investigaciones en el  informe de la policía local. El estudio post mortem confirmó que hubo violación. Ahora el CBI dice que no hay evidencias pero cuando la policía detuvo a Pappu Yadav, este confesó el crimen y contó donde había matado a las niñas. Ahora el CBI dice que es inocente. ¿Como puede decir que es inocente?”, se pregunta Virender Maurya, hermano de Murti y primo de Pushpa.

La noche de los hechos, después de notar su ausencia, los padres de las dos niñas y varios familiares más, acudieron a la pequeña oficina (chowki en hindi) de la policía local de Katra Shahadatganj para denunciar la desaparición. Según la versión del padre de Murti, Sohan lal, los policías Sarvesh Yadav y Chatrapal Gangwar les preguntaron por su casta, se rieron de ellos y se negaron a registrar la denuncia; después, se echaron a dormir. Los familiares de Murti y Pushpa y otros habitantes del pueblo decidieron entonces dividirse, unos se quedaron en la aldea buscando a las niñas mientras que otros alquilaron un vehículo y se dirigieron a la comisaría de Badaun, la capital del municipio; cuando estaban a medio camino, recibieron la llamada fatal: las niñas habían aparecido colgadas de un árbol.

El jefe del mismo chowki de Katra Shahadatganj al que acudió la familia, Bijender Sharma, nos atiende sentado en una silla de plástico, vestido de paisano, junto a una cuerda de la que penden varios uniformes. Se ha incorporado después del suceso y nos cuenta que de los 5 policías que trabajaban en este chowki dos han sido detenidos y el resto suspendidos o trasladados a otras localidades. Confirma que Ganga Singh Yadav era el jefe de la comisaría de policía de Badaun la noche en la que sucedieron los hechos, y que también ha sido suspendido.

La familia de las víctimas cuenta ahora con escolta policial 24 horas al día, ya que, presuntamente, han recibido amenazas por parte de los Yadav. “Sí que tenemos miedo, pero qué vamos a hacer. Ya han matado a nuestras hijas, que nos maten a nosotros también. Rezo a dios para que se haga justicia. Si están destruyendo todas las pruebas, ¿para qué voy a seguir viviendo? ¿no tengo derecho a la justicia en este país?, argumenta entre sollozos lal.  Nos enseña una fotografía de su hija y su sobrina en la que aparecen colgadas del árbol, la lleva siempre consigo. “Ojalá tuviera dinero”, se lamenta.

En lo alto de una terraza, visible desde la casa de las víctimas, dos pequeños de apenas 5 años juegan, intentando hacer volar unas coloridas cometas. Varios periodistas que trabajan en el país creen que este caso, como muchos otros, se cerrará tan pronto como cese el ruido mediático.

Mujer y Dalit, doble discriminación

Las mujeres dalit cuentan con pocos recursos económicos, lo que las hace más vulnerables a los abusos verbales, físicos y sexuales. Suelen casarlas cuando apenas son unas adolescentes mediante matrimonios concertados, con esposos a los que no conocen. La alta tasa de analfabetismo de este colectivo contribuye a que su voz resulte inaudible para el resto de la sociedad y que sean contadas las veces en las que denuncian un delito cometido contra ellas. Ser violada es una humillación y supone la deshonra de toda la familia, que ya no podrá casarla. Ser violada por su marido no está penado según por la ley india a menos que esté “judicialmente separada”. La Oficina Nacional de Registro de Crímenes de la India contabilizó 33.707 denuncias de violación en 2013. Varias asociaciones estiman que entre el 50 y el 90% de las violaciones no se denuncian y que en estas cifras negras se encuentran la mayoría de los asaltos sexuales a mujeres y niñas Dalit en villas remotas

El significado de la palabra dalit revela la consideración de esta comunidad dentro de la sociedad india. Etimológicamente, proviene de la raíz sánscrita dal- que significa “roto, por debajo del suelo, pisoteado, u oprimido.” La palabra dalit se utiliza para los miembros de las familias que han nacido con el estigma de los antes conocido como intocables, llamados así por la supuesta impureza de sus ocupaciones tradicionales, como el trabajo doméstico y la limpieza de las letrinas. Según los datos de la Campaña Nacional sobre los Derechos Humanos de los Dalits (NCDHR), estos representan una comunidad de 170 millones en la India y constituyen el 17% de su población; es decir, uno de cada seis indios es dalit. Los dalits están fuera del sistema de castas tradicional de la India que divide sus habitantes en Brahman, Kshatriya, Vaishya y Shudra.

A pesar de que la división por castas fue abolida por la Constitución de la India aprobada en 1949, sigue prevaleciendo como estructura social y los dalit se enfrentan frecuentemente a abusos, a prácticas discriminatorias y a la violencia, ante la pasividad de las fuerzas del estado encomendadas a protegerles.

El sistema legal de la India está diseñado para asegurar que los dalit gocen de los mismos derechos y protecciones que el resto de los ciudadanos. Sin embargo, en la práctica, la ley se aplica de forma diferenciada; según NCDHR la policía, frecuentemente, se niega a registrar denuncias de los dalit  (según una encuesta realizada en 565 aldeas de 11 estados de la India, al 27% de Dalits se les ha impedido el acceso a la atención policial) y rara vez se enjuicia a los responsables de asesinatos y violaciones contra las niñas y mujeres de estas familias.

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