¿Inmigrantes rescatados o inmigrantes detenidos?

inmigrantes

Ambas cosas, aunque para conocer lo segundo hay que leer hasta el final del tercer párrafo. La fotografía y la noticia proceden de El País. 

http://politica.elpais.com/politica/2013/08/13/actualidad/1376384602_627395.html

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Talco e infortunio

Los birmanos, me cuentan, se distinguen de los tailandeses porque llevan polvos de talco por el rostro, un gesto que ayuda, según sus tradiciones, a atraer la suerte. Sin embargo, en Bangkok su existencia no parece, en modo alguno, afortunada. Son la mano de obra barata de un país cuya emergencia económica no termina de suceder.

Los obreros birmanos ya no trabajan en los acabados del que iba a ser el  edificio de apartamentos más lujoso de la ciudad, sino que su fachada sirve para soportar publicidad contratada por, entre otras, empresas como Coca Cola. Para realizar esta operación los obreros birmanos no utilizan arneses, sino que se atan a una cuerda que les rodea la cintura. El elevador en el que operan se balancea peligrosamente durante la ascensión, que ayudan tirando de los cables de la polea con sus propias manos.

BIRMANOS

Los obreros viven enfrente del edificio inacabado, en una chabola insalubre, rodeados de desperdicios. El edificio abandonado sirve además de escenario para el menudeo de drogas. En la siguiente foto, el emblemático Siroco, visto desde la chabola de los  obreros birmanos. La construcción del edificio de la derecha se paralizó en el año 1998, como consecuencia de la crisis económica, me cuenta Noel, corresponsal de EFE en Tailandia.

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Baldosas rebeldes

Un obrero se afana en colocar unas baldosas en el camino, ahora de tierra, que conduce desde los bungalós hasta la carretera principal. No tiene cemento industrial, así que aplica una capa de arena rojiza, arcillosa, mezclada con agua. Después, coloca las baldosas una a una, golpeándolas con un martillo de goma para hundirlas, sin quebrarlas, en el húmedo manto. Con las pisadas de los turistas el suelo se asienta, pero las baldosas de los extremos, rebeldes, se alejan del trazado esculpido por el obrero, como escapando de un destino no deseado.  (Koh Tao- Julio de 2013).

Las gafas occidentales

Antes de viajar a Koh Tao pasé unos días en Bangkok, una metrópolis donde el ruido del tráfico apenas permite oír los pensamientos. Una mañana me acerqué a los muelles, de donde parten los barcos gratuitos que fletan los centros comerciales de la ciudad. Allí fui testigo de la siguiente escena: un perro comienza a ladrar a un viejo, el cual le amenaza blandiendo su bastón; su agilidad, mermada por la edad, salva al can de una buena paliza. Uno de mis acompañantes, el corresponsal de una agencia de noticias, que reside en la capital desde hace tres años, relató que muchos tailandeses odian a los perros, ya que, como los hinduistas, consideran que son animales impuros: la reencarnación de los ladrones. En las calles de Bangkok hay muchos perros y transmiten enfermedades, especialmente la rabia. La rabia se contagia también al comer la carne poco hecha de un animal infectado y así ocurre, en ocasiones, en los restaurantes de Corea y en China, a donde se exportan algunos especímenes tailandeses. Para que la carne esté más blanda, se apalea al perro hasta la muerte. Después se sirve por unos 50 euros cada plato.

Esa noche paseamos por el mercado negro de Patpon, donde tiene lugar un popular y aberrante espectáculo erótico: el pimpón vaginal. En las callejuelas del bazar, donde se mercadean imitaciones de camisetas, bolsos y todo tipo de objetos, nos avasallan con dípticos publicitando el show, el precio de la entrada es de 4 euros e incluye una cerveza. La prostitución sigue siendo uno de los principales atractivos turísticos del país, a pesar de que es ilegal. El periodista que me acompaña me cuenta que hay varios españoles en las cárceles tailandesas acusados de acostarse con menores de edad; al contrario que la prostitución, tolerada, la pederastia está castigada con severidad por el código penal y el rey no concede indultos a los acusados por este delito.

Unos días después, en Koh Tao, mientras observaba al obrero, la espalda encorvada sobre el camino, y a las baldosas que perseveraban en su huida, reflexionaba sobre la suerte y el infortunio, la felicidad y la miseria, el yugo y la libertad. Pero qué inútiles resultan las conclusiones si uno lleva puestas las gafas occidentales.

 

Madrid se desvanece

Madrid se desvanece, noto como desaparecen los plataneros de grandes copas, insertos en la acera, que dan sombra (y alergia) a los azorados transeúntes, desaparecen con ellos las calles, repletas de bares. En pocas semanas Madrid será un recuerdo para mi. Incluso si vuelvo, ya no será el mismo Madrid, ya que las experiencias vitales en una ciudad de paso son irrepetibles. Los amigos nuevos pero profundos que han sido tu familia durante el año huérfano ya no estarán allí. Los rostros de los camareros no te resultarán familiares. Volver a una ciudad en la que has vivido es una experiencia perceptiva ingrata: cambian las dimensiones, los lugares, las distancias, las figuras, las personas…

Un barrio de Belfast

Un suspiro ahogado, una mirada al suelo, una mueca, es la primera respuesta que recibes a la inoportuna pregunta ¿qué opinan los irlandeses de la república del conflicto de Irlanda del Norte?

Evidentemente, hay distintas opiniones. Hay irlandeses que consideran que la República de Irlanda debería comprender también los condados del Ulster que hoy forman parte del Reino Unido. Otros están de acuerdo con la situación actual de partición de la isla. “La mayoría prefieren no remover los rescoldos en pro del mantenimiento de la paz. No quieren más sangre derramada” asegura N.
El conflicto armado ha sido afortunadamente resuelto, pero parecen existir heridas abiertas y, a pesar de la apertura, algunas zonas de Irlanda del Norte continuan siendo un destino incómodo para algunos de los del sur.
El conductor del “taxi negro” (que más tarde descubriríamos que practica overcharge a los turistas), nos advertía así en camino al hotel de Belfast: “este barrio no es muy seguro por la noche”.
Un vistazo por la ventanilla: un barrio de aspecto obrero, con modestas barriadas de ladrillo rojo, ennegrecido por la humedad y el paso del tiempo. Entre los edificios, colgaban, como cables de la electricidad, cordeles con cientos de banderas del Reino Unido. La imagen, si uno se pone en el pellejo de un irlandés “del sur” que acude a la ciudad, resultaba ciertamente intimidatoria.
¿Es el Ulster un lugar seguro para un irlandés católico?, N. opina que no. “¿qué te puede ocurrir si eres identificado en un barrio protestante de Belfast?”, “podría ser atacado“, contesta sin dudarlo un segundo. “¿Y si eres identificado por un norirlandés católico?” “Eso podría ser más divertido. Posiblemente me invitase a acompañarle a un pub para tomar una pinta con él”. (15 de agosto de 2010)

De ovejas y tascas

ovejas

Existen en Irlanda lugares que parecen haber sido pisados solo por las ovejas. Extrañas ovejas de negras patas y cabeza, y de carácter ciertamente amistoso.
En Achill Island, en el condado irlandés de Mayo, las ovejas pastan no solo por las vastas praderas, apenas salpicadas por algún arbusto, que se prolongan hasta los acantilados, también van a sus anchas por los parques y los bordes de las aceras.
En uno de los extremos de Achill Island se encuentra su punto más turístico, con una amplia playa. Justo detrás hay un camping para caravanas y varios negocios que viven del turismo estival. En mayo, cuando lo visitamos, estaba desierto.
Llevábamos varias horas caminando por la costa, sin toparnos con más presencia humana que dos tumbas al borde del acantilado, y necesitábamos reponer fuerzas.
Entramos en un bar, así rezaba el cartel de la entrada. Un hombre nos recibió en la puerta.“¿Habéis disfrutado del paseo?”, preguntó con una sonrisa.
En el bar sólo había clientela masculina, bebían pintas de cerveza y sidra. Eran las 12 de la mañana. La camarera llevaba un extraño atuendo en el que destacaban una falda larga con vuelo y un pañuelo rojo en la cabeza. Parecía una fortune teller. Nos sentamos en torno a una mesa, y la mujer nos sirvió los cafés en una bandeja de plata.
Nuestros asientos estaban forrados con una tela a cuadros impermeable, definitivamente, estábamos en una tasca.
Un vistazo a la pared frontal : varios carteles antiguos, uno del Sinn Féin, un panfleto con fotografías en blanco y negro de miembros del IRA con el lema “nuestros mártires”, la bandera de Irlanda, varios retratos de rostros jóvenes.
Afuera, un grupo de ovejas interrumpía el escaso tráfico de la carretera del lugar. (10 de mayo de 2010).